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Por Florent
Marcellesi, coordinador de Jóvenes Verdes De la ciencia a la
política Término usado en biología, la
“ecología” es – en su origen – una disciplina científica.
Es la ciencia que estudia la relación triangular entre los individuos de una especie, la
actividad organizada de esta especie, y su medio ambiente, que es a la vez condición y
producto de esta actividad, condición de vida de esta especie. Sin embargo, los hombres
– al contrario que el resto de las especies – son animales no sólo sociales
sino también políticos.
El paso de la
ecología como ciencia a la ecología como pensamiento político introduce
entonces la cuestión del sentido de lo que hacemos, lo cual implica una serie de
interrogaciones: ¿en qué medida nuestra organización social, la manera en
que producimos, en que consumimos modifican nuestro medio ambiente? Dicho de otra manera,
¿cómo pensar la combinación, la interpenetración de estos factores en
su acción sobre el medio ambiente? ¿Favorecen o no a los individuos estas
modificaciones? La ecología política nos dice cuáles son los efectos de
nuestros comportamientos y prácticas, pero no es ella sino los hombres los que deben
escoger el modo de desarrollo que desean, en función de la evolución de los valores
en el debate público y demócratico. Al tomar en serio los desequilibrios
ecológicos generados por la actividad humana, la ecología política cuestiona
la modernidad y desarrolla un análisis crítico del funcionamiento de nuestras
sociedades industriales y de la cultura occidental, así como los valores y conceptos clave
sobre los que descansa. Una visión crítica y global del
mundo La ecología política entra entonces en el campo de la
crítica y de la acción política y, al igual que otras ideologías
– socialismo, comunismo, liberalismo, etc., propone una visión global de la
sociedad, de su futuro, de las relaciones entre seres humanos, de las relaciones entre
éstos y su entorno natural y de las actividades productivas humanas. La ecología
política no es la parte medioambiental de un programa político, sino que afecta
directamente al corazón de las sociedades humanas puesto que vincula la sostenibilidad
ecológica con la justicia social, tanto a nivel local como mundial. No se
puede hoy pensar un modelo de desarrollo que no tome en cuenta estas dos facetas. No se puede
hablar de un desarrollo que no sea al mismo tiempo humano (justo) y sostenible.
¿Qué vale el bienestar de una sociedad y de sus miembros sin que ese mundo tenga
viabilidad a largo plazo para las generaciones futuras? ¿Qué vale la sostenibilidad
del mundo si mientras tanto las riquezas naturales y productivas se quedan en manos de unos/as
cuantos/as? Por lo tanto, la ecología política propone un abanico
completo de ideas y actuaciones, siempre tomando en cuenta las relaciones íntimas que unen
los ecosistemas con las organizaciones sociales. En ningún momento puede considerarse que
la ecología política es una “ideología parcial”, ni puede
reducirse a otro pensamiento político (capitalista, comunista o social-demócrata
– cada uno con sus numerosas variantes). Surge en un momento histórico preciso y
viene dando respuestas a una determinada crisis social, ecológica y económica que
los otros pensamientos mencionados no sólo no habían previsto sino incluso
provocado. De hecho, la ecología política critica tanto a los movimientos de
derechas como a los de viejas izquierdas por ser “desarrollistas” y
“productivistas”, es decir, por ignorar las relaciones entre modelo de desarrollo,
desequibrios ecológicos e injusticia social. Una visión
transformadora La ecología política busca a la vez
sostenibilidad y justicia y, por lo tanto, ataca a las propias bases de los sistemas
socio-económicos productivistas actuales. Propone un cambio radical de rumbo lo que le
confiere, a largo plazo, una dimensión profundamente transformadora y revolucionaria. Al
mismo tiempo, no rechaza el reformismo del día a día ni la “política
de los pequeños pasos”. Este camino, que hace una síntesis entre objetivos
radicales a largo plazo y acciones reformistas a corto plazo, es conocido como “reformismo
radical”. Para llevar a cabo este planteamiento, y por esencia, la ecología
política escoge el camino del pacifismo y de la democracia que se define ante todo como
participativa. Por último, la ecología política plantea la
necesaria acción conjunta de los movimientos sociales y políticos, y promueve la
acción tanto dentro como fuera de las instituciones, tomando en cuenta la fértil
interacción continua de la sociedad civil con lo político. Ambas, sociedad civil y
política, son las dos caras de una misma moneda, o sea las dos piernas para caminar con
equilibrio hacia el cambio. * Este apartado “De la ciencia a la
política” se inspira en los trabajos de Alain Lipietz, economista y eurodiputado
verde. Ver http://lipietz.net |