 Por Florent
Marcellesi, Coordinador de Jóvenes Verdes, 22-04-2008
En este Día de la Tierra, me gustaría poner de relieve una
cuestión de actualidad en plena crisis energética: las relaciones entre
ecología y democracia. El filósofo ecologista André Gorz solía decir
que el imperativo ecológico podía llevar a la sociedad tanto a un anticapitalismo
radical como a un fascismo verde. Es cierto que la magnitud de los retos que se nos plantean en
este principio del siglo XXI nos aboca a realizar cambios profundos que cuestionan las bases de
nuestras democracias. Pocos ecologistas dudamos de que una adaptación fallida al cambio
climático o una salida inacabada de la era del petróleo barato puede suponer entrar
en economías de guerra y sus consiguientes recortes de libertades y derechos
democráticos. Es por tanto fundamental esbozar una reflexión sobre la
vinculación entre ambos conceptos desde el punto de vista económico, social y
político y plantear sus implicaciones en la praxis.
Desde el prisma de la
bioeconomía —enfoque que considera el sistema económico como un subsistema de
la biosfera—, se discute el modelo democrático representativo vigente por estar poco
adaptado a una producción y un consumo sostenibles. Frente a los sistemas centralizados,
elitistas y con fuertes jerarquías excluyentes, un modelo descentralizado y participativo
es la forma más eficiente de satisfacer las necesidades vitales de la población. En
este sentido, incluso el famoso y muy moderado informe Brundtland, que plasmó la
definición actual del ‘desarrollo sostenible’, defiende que la mejor manera
para alcanzarlo es la descentralización del control de los recursos y la
transmisión del derecho de voz y voto a las comunidades locales. A nivel social, la
aceptación de cambios radicales en los modos de vida y la predominancia del interés
general presente y futuro requieren una sociedad muy cohesionada y comprometida en la
gestión de las políticas públicas. Garantizar la estabilidad y la
permanencia de las grandes decisiones se convierte pues en la clave de una transición
exitosa hacia una sociedad duradera. Por lo tanto, si queremos obtener consensos fuertes a largo
plazo, el proceso democrático ha de basarse en la interrelación y
participación activa de los ciudadanos y de las comunidades en las decisiones
públicas diarias y plurianuales. En este sentido, Murray Bookchin y la
‘ecología social’ plantean la necesidad de un ‘compromiso social’
en las temáticas ambientales a través de nuevas formas de democracia directa, al
igual que la interdependencia y la cooperación rigen de forma eficiente los ecosistemas y
las relaciones entre especies. Por supuesto, no se trata de idealizar la
democracia local y participativa como transformadora o buena ‘per se’ para el medio
ambiente y la sociedad en su conjunto. Si los procesos participativos no se vinculan a otras
iniciativas como la concienciación y la educación o no integran en cada momento una
visión global, nada apunta a que se pueda alcanzar una mejora automática del
sistema vigente. Pero, ya que nos referimos a una imprescindible visión holística
(véase el lema «pensar globalmente, actuar localmente»), seguramente
haría falta dejar claro que para muchos ecologistas el ‘ecologismo’ es
mucho más que la conservación romántica de la Naturaleza. Se trata ante todo
de un proyecto político, humano y emancipador, es decir, un proyecto que pretende, desde
la solidaridad y la justicia, aumentar la autonomía de los seres humanos y no humanos. En
este marco no cabe duda de que existe una conexión intrínseca entre ecología
y democracia. Dicho de otra manera, la democracia —preferentemente participativa— es
para la ‘ecología política’ una condición necesaria, aunque no
suficiente, para un proyecto transformador basado tanto en el respeto de los ecosistemas como en
la justicia social y la libertad. Este paseo rápido por la
bioeconomía y la ecología social y política nos lleva a imaginar otras
formas y estructuras eficientes de gobierno que permitan una democracia descentralizada,
participativa y cooperativa. Sobre todo ahora que los conflictos ambientales se multiplican en
España y Europa: ordenación del territorio y polémicos proyectos
urbanísticos, la compleja gestión del agua, la proliferación de los
transgénicos, la rarefacción del oro negro o los muy discutidos agrocombustibles.
Las propuestas ya llevan unos cuantos años experimentándose en varias partes del
mundo, pero por el poco interés que despiertan en nuestros gobernantes es necesario
recordarlas de nuevo. Núcleos de Intervención Participativa (NIP), conferencias de
consenso, iniciativas legislativas populares (de carácter local y europeo) o presupuestos
participativos se perfilan como una parte del antídoto al elitismo, cientifismo y
desarrollismo dominantes. En cualquier caso, la crisis ecológica no
nos dejará muchos Días de la Tierra más para reflexionar y actuar. Frente al
riesgo de llegar a una economía de guerra y a regímenes autoritarios para
administrarla, queda por saber si habrá inteligencia y voluntad política
suficientes para evolucionar hacia nuevos modelos democráticos que permitan evitar la
barbarie y apostar por la ecología.
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